La cartelera de la Semana Santa sevillana es hoy uno de los coleccionismos más vivos de la ciudad, y uno de los más difíciles de completar: el cartel era un objeto de uso, se pegaba en la calle y casi nada sobrevivía a la primavera.
Un objeto que no debía durar
Se imprimían tiradas cortas, se repartían entre cofradías, comercios y oficinas, y el resto acababa en la pared. De ahí que los ejemplares conservados vengan casi siempre de dos sitios: del archivo de una imprenta o del cajón de alguien que lo guardó sin doblarlo. Lo segundo es raro; lo primero, más frecuente de lo que parece.
Litografía y papel
Los de los años cincuenta se imprimían en litografía, con tintas que envejecen bien si el papel no ha visto el sol. En los entelados —montados sobre tela para poder enrollarlos— hay que revisar los bordes y los doblados, donde primero aparece la pérdida.
El enemigo del cartel no es el tiempo: es la luz y la humedad. Un ejemplar guardado en plano, en oscuridad y sin cinta adhesiva llega a los setenta años mejor que uno enmarcado junto a una ventana.
En papel, la conservación vale tanto como la rareza: dos ejemplares del mismo año pueden separarse en precio por un factor de cinco.
Cómo enmarcarlo sin estropearlo
Passepartout de conservación, montaje reversible con papel japón y cristal con filtro ultravioleta. Nada de pegar el papel al soporte y nada de cinta de embalar: lo que hoy sujeta, mañana mancha. Lo hacemos en tienda y explicamos cada material.
El de 1952
El que acaba de entrar conserva el color fresco y el papel sin faltas, entelado y enmarcado. Cien por sesenta y dos centímetros, referencia PP-014. Es de esos objetos que valen por lo que cuentan tanto como por lo que son.