Cuando una familia nos llama para valorar el contenido de una casa, lo primero es inventariar habitación por habitación, sin mover nada de sitio. Un objeto fuera de su contexto pierde la mitad de la información que lo explica.
La primera visita
Vamos dos personas, con luz, guantes y libreta. No se abre nada sin permiso y no se saca nada de la casa ese día. El objetivo de la primera visita no es comprar: es entender qué hay y en qué estado está.
Los tres grupos
Después se separa en tres: lo que tiene valor de mercado, lo que tiene valor sentimental y conviene que se quede en la familia, y lo que no vale más que el transporte.
Esa tercera categoría es la que más agradecen: saber que algo no vale dinero evita discusiones y decisiones precipitadas. Preferimos decirlo claro antes que comprar barato lo que nadie había valorado.
El trabajo del anticuario honesto incluye decir qué no debe venderse.
Herencias y reparticiones
Cuando hay varios herederos, el inventario escrito vale más que cualquier tasación verbal. Entregamos una lista con descripción, época, estado y un valor orientativo por pieza, para que la reparticion se haga sobre datos y no sobre impresiones. Si hace falta documento firmado para notaría o seguro, se presupuesta aparte.
Todo por escrito
Del resto entregamos valoración por escrito antes de hacer una oferta, con época, estado y comparables de mercado. Si la familia decide no vender, el informe le sirve igual para asegurar o repartir.
Discreción
Ni el origen de un lote ni el importe salen de la tienda. Es una norma de la casa desde hace cuatro generaciones y es, probablemente, la razón por la que nos siguen llamando.